Baharat siempre

Mis patas cuelgan de la mesada
mientras cuento las flores naranjas de los azulejos,
que combinan con las puertitas amarillas de las alacenas.
Mi abuela me pide que preste atención
y me recita uno a uno los ingredientes
para hacer keppe.
No hay forma de que con 8 años me vaya a acordar.

Me distraigo analizado sus dedos chuecos,
me pregunto si será verdad que se le deformaron
porque cuando era chiquita sus papás en Siria
no tenían plata para comprar leche.
Capaz le quedaron así por cocinar mucho.
O capaz de tanto jugar al burako.

Mirar a mi abuela cocinar
es como ver jugar a Maradona.
Amasa, revuelve, empana, condimenta,
todo a ojo,
con la velocidad y precisión de esa gambeta,
y su combinar de sabores
es la verdadera Mano de Dios.

Baharat.
Creo que dijo que su secreto es el baharat.
Y si no es su secreto, es su perfume.
Todo en ella huele a baharat.
Su pelo, su ropa, sus pañuelos,
su cartera, el tubo del teléfono, el auto, el abuelo.

Balbucea ingredientes,
pone y saca bohios del horno,
revuelve un arroz,
y, en un acto de amor y magia,
pela uno a uno los garbanzos.
Pisa damascos y les pone ketchup,
estoy más desconcertada que los ingleses.

Canta una canción en árabe
y me hace reír el rebotar de la “G”
en su garganta.

Me mira cómplice y se roba dos pedacitos de baklava
que tiene escondidos en el fondo de la heladera.
Me dice que no le cuente a nadie.
Con el dedo gordo y el índice,
hago una pinza
y me lo meto entero en la boca
para que no se chorre el almíbar.
Nos miramos, sonreímos, masticamos.
Estamos de vacaciones.
Estamos felices.
No hay forma de que con los años me pueda olvidar.

DC-9-32

Son las 6 de la mañana del sábado 11 de octubre de 1997.
La nena se despierta con gritos o llanto, no sabe.
Camina hasta al cuarto de sus papás y encuentra a su mamá y a su tía en estado de conmoción.
Un avión de Austral se cayó en Fray Bentos, Uruguay, con 74 personas adentro.
Jorge volaba desde Posadas pero no llegó a su casa.
La nena tiene 12 pero entiende.

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Marcas

D. me observa la cara con tanto detalle que pareciera estar analizando una pieza arqueológica.
Mira detenidamente mis arrugas, mis lunares y mi marca.

Se transforma en artista cuando relata todo lo que puede arreglar.
D. es mi dermatóloga y mi mejor amiga.
Dice que soy la candidata perfecta para aplicarse botox,
porque soy muy expresiva.
Poéticamente mis arrugas existan “porque me río mucho”.
Le digo que voy a meditarlo y abandono el consultorio.

Camino pensando en mi marca.
Mi amiga de la infancia, la uruguaya Valentina, y yo jugábamos en el subibaja de El Jaguel.
Ella bromeaba con dejarme arriba mucho tiempo y ese día hizo tanta fuerza que se le escapó un tremendo pedo.
De tanto reírme, me caí y me corté.

Cuando miro la marca
pienso en Valentina,
pienso en Punta del Este,
pienso en todos los veranos de mi infancia.

Me acuerdo que nos hacinábamos en la casa de mis abuelos, pero que a todos nos encantaba.
Elías era crack del regateo de helados y stickers, y Lola, reina del burako-master en kippes.

Extraño esa época en que desayunaba churros, Bridge y chocolatada Conaprole.
Esa etapa de los collares de arroz con tu nombre de la feria hippie,
las fotos en Gorlero que sacaba un chanta al que le decían Teddy,
y que en secreto me gustaba el olor a bosta del Tambo al que me llevaban cuando llovía.

Los días de sol, los 15 primos íbamos a la carpa en la 1 de la Brava.
Una vez jodimos tanto que nos llevaron a la isla Gorriti.
Lo mejor fue que me dejaron invitar a Valentina.
Teníamos 8 años y una sola responsabilidad: disfrutar.

En esas playas me metía al mar con mi papá.
De ahí nos quedó mi foto preferida,
de cuando me hizo meter la cabeza bajo la ola por primera vez.
Me fascinaba el agua aunque estuviera picada,
y la adrenalina cuando las olas me atrapaban inadvertida,
me sacudían hasta dejarme sin aire, y me escupían a la costa
con un bulto de arena en el forro de la malla, que odiaba sacarme del culo.

Esos eneros, caminaba horas juntando caracoles o rescatando aguasvivas varadas.
Soñaba con encontrar lobos marinos y me quedaba un largo rato mirando los que aparecían muertos en la orilla, con la misma pasión con la que D. me estudia la cara.

Pienso que si no hubiese pataleado tanto para que mi mamá no me pusiera protector, hoy D. tendría muchas cosas menos que arreglar.
Pienso en la propuesta, pienso en el botox.
Pienso en lo inevitable del paso del tiempo.
Pienso en mis marcas, las que ven y las que se perciben.
Pienso que Elías murió un verano en Punta del Este,
y que esa fue la primera y última vez que lo vi llorar a mi papá.
Pienso que hay marcas que el botox no puede borrar.
Pienso en Valentina.
Pienso que quizás mi cara no esté tan lejos de ser una pieza arqueológica,
porque pienso que entre mis marcas se asoman todas estas historias.