FEROZA

A la abuela la cremaron para no tener que pagarle un cementerio. Nos reunimos en su departamento para recibir las cenizas y dejar todo en condiciones para entregárselo a los nuevos dueños. No hay mucho para hacer. La abuela vendió sus mejores ropas, los muebles, la colección de joyas y la vajilla de porcelana unos meses antes de morir, para asegurarse de que no nos quedáramos con nada. Entonces a la abuela la cremaron para que nada de ella quedara en este mundo.

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La caja

Me espío en el espejo y sospecho que todo ese maquillaje no me va a ayudar a caretear la angustia esta noche. Ni siquiera que el vestido de lentejuelas haya sido el más votado por las chicas en What’s app
para el casamiento de mi mejor amiga,
al que no quiero ir.

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Arder sin permiso

Una malla entera flúo
un flequillo que parecía estar cortado con los dientes
un tema que ese verano no hizo pausa en mi cabeza:
“Me tiraste el pingüino, me tiraste el sifón y estallaron los vidrios de mi corazón”.
La inocente ternura de creer todavía que el pingüino era un pingüino.

Bailoteaba sola por una orilla desértica de gente
hasta que me detuve al encuentro de una aguaviva
gigante, gelatinosa,
hermosa.

Con palitos de helado armé un sistema
para levantarla y devolverla a donde pertenecía –
“con su familia” –
y emprendí la misión.

Caminé hacia el agua en apnea
con una concentración que jamás llevé al colegio,
hasta que uno de mis dedos resbaló
y rozó levemente los violáceos tentáculos.

Sentí arder mi pulgar
y cómo el calor se expandía por toda la mano.
Un pésimo acto reflejo
me impulsó a guardar el puño bajo la axila,
que se quemó también.
Lloré de dolor, de miedo, de bronca,
desde la orilla hasta el hospital.

Ese verano no pude volver a la playa,
mucho menos fundar mi propio Greenpeace.

Con los años, más heridas
y un corte de pelo copado
comprendí lo que a los 6 no logré asumir.

No podemos salvar a quien no nos lo pide
ni hacer que nos necesite porque nosotros sí.

Farenheit o el aroma del tiempo

Me mira con cara de culo.
Se ve que le molesta que le toque la mercadería,
pero me da placer elegir mis propias frutillas.
Busco las más rojas, las duras, las perfectas.
Cierro los ojos, las huelo.
Él puede darme otras frutas o verduras,
pero a las frutillas y a los tomates cherry,
necesito elegirlos yo.
Sobre tocs no hay nada escrito.

Salgo con merienda en mano.
El tipito blanco me da el OK para cruzar la calle.
En el medio de la avenida
se produce el choque:
su aroma me lleva puesta.
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