Aunque todavía tengo que aprender a decir lo que no me gusta

La comida estaba asquerosa pero la había preparado con tanto amor,
que no le comenté nada.
¿Vas a querer postre?, me preguntó cuando todavía tenía la mitad del plato lleno.
En un rato te digo, respondí masticando.

Lo rico esa noche
fue acordarme todo lo que me costó dejar de planearme a futuro.

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Arder sin permiso

Una malla entera flúo
un flequillo que parecía estar cortado con los dientes
un tema que ese verano no hizo pausa en mi cabeza:
“Me tiraste el pingüino, me tiraste el sifón y estallaron los vidrios de mi corazón”.
La inocente ternura de creer todavía que el pingüino era un pingüino.

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Farenheit o el aroma del tiempo

Me mira con cara de culo.
Se ve que le molesta que le toque la mercadería,
pero me da placer elegir mis propias frutillas.
Busco las más rojas, las duras, las perfectas.
Cierro los ojos, las huelo.
Él puede darme otras frutas o verduras,
pero a las frutillas y a los tomates cherry,
necesito elegirlos yo.
Sobre tocs no hay nada escrito.

Salgo con merienda en mano.
El tipito blanco me da el OK para cruzar la calle.
En el medio de la avenida
se produce el choque:
su aroma me lleva puesta.
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