Instrucciones para la muerte

Entro a la sala de Cuidados Intensivos y me despido de mi abuela,
que se prepara para su primera cirugía en 90 años.
También es mi primera vez en una clínica.
Yo soy más de los cementerios.
De chiquita recorrí muchos cementerios,
tengo un familiar enterrado en cada cementerio judío de Buenos Aires.

Me enteré que existe la muerte antes de saber que los Reyes Magos eran los padres.
Me lo spoileó la vecina del 13, que no tuvo mejor idea que la de tirarse por el balcón
y salpicar con su tristeza la vereda en la que mi prima y yo hacíamos ring raje.

En algún momento la muerte me pareció hasta divertida.
Fui una pequeña sommelier de sandwichitos de velorio.
Acumulé millas en coche fúnebre, y entre largas caravanas y exóticas flores, me consagré en mi propio juego Reina del Carnaval de la Muerte.
Si a los 8 elegí mi primera estrellita, a los 12 ya tenía una constelación familiar en el cielo
y mis primeros poemas fueron necrológicas publicadas en Clarín y La Nación.

En fechas especiales me llevaban al cementerio “a saludar”.
Me compraban flores para dejar, mientras le contaba cómo me iba en el cole
a un pedazo de piedra que se parecía más a una de las Tablas de la Ley
que a mi papá.

Me impactaba ver a otra gente llorar. Quería preguntarles quién, qué, cómo, dónde.
Cuando nadie me veía me escapaba para recorrer las torrecitas de mármol
y conocer a otros muertos. Necesitaba imaginar lo que les había pasado y sacar la cuenta de cuántos años tenían cuando murieron. Pero si me cruzaba con alguno muy joven, paraba de contar.

En fechas especiales me llevaban al cementerio “a recordar”,
hacíamos no sé cuántos kilómetros por Panamericana para visitar
y, sin embargo, cuando llegaba a casa tenía la sensación de que mi papá estaba más ahí que allá.

Abría un ropero chiquito que quedaba entre su pieza y la mía,
y me encerraba entre sus trajes porque ahí se conservaba más su olor.
Un día tratando de adivinar la clave de un maletín encontré su estetoscopio.
Me escuché latir el corazón y pensé que era un sonido hermoso,
que lo feo de morirse es que esa música no se escucha nunca más,
que lo peor de la muerte es quedarse
porque el que se muere se muere, pero el que vive, sobrevive,
y el corazón no te vuelve a latir con la misma fogosidad.

Mientras espero que mi abuela salga del quirófano
pienso que no estoy en un momento de mi vida para que se muera.
La operación tenía que durar 45 minutos y ya van 92.
Mi mamá juega al Candy Crush.
Yo intento recordar si la abuela alguna vez dijo qué le gustaría que hagamos con su cuerpo, si acaso dejó instrucciones para su muerte.

Quizá nunca jamás nadie esté preparado para que alguien se muera.
Quizá nunca jamás nadie alguna vez esté preparado para morir.

Una noche cayó un avión del cielo como la vecina del 13.
Riiiing, hizo la muerte, y se dio al raje.
Con esa muerte ya no se puede jugar.
Con esa muerte me queda la infancia en stand by.

No hubo tiempo ni de horrizarse ni de pensar,
pero alguien, quizás para romper el hielo, dijo:
“A J. hay que enterrarlo al lado de su padre. Está libre el espacio destinado para su madre”.

Bussiness are bussiness, and cementrious are cementerious.

No sé cómo va la operación de tiempo.

Empienzo a sumergirme lentamente en ese limbo
entre el peso de una angustia vacía y una eterna cuestión existencial,
que, certezas tengo, no se cura, pero se transita y se transmuta.

El medico reaparece elegantemente para avisar que mi abuela está bien.
Respira. Y yo también. Y mi mamá también.
Quizá respiro de alivio porque no quiero volver al cementerio.
Y cuando yo me muera no quisiera que me entierren en un cementerio.
Prefiero que me bañen, que me quiten los pedacitos que todavía sirven,
y que al resto lo conviertan en arena,
para que alguien me sople por los rincones de los lugares que me hicieron ser y existir.
Que dejen un poco de mí en el ropero chiquito de trajes, que ya no tiene trajes, de la única casa que a la que sentí mi hogar.
Suelten una pizca de mis restos en el banco de la placita de Belgrano, donde me dí el primer beso con la persona que más quise.
Sumerjanme en el San Antonio, por todos esos adrenalínicos paseos en lancha en familia,
condimenten conmigo la escuela en la que descubrí mi teatro,
dejen pedacitos en el Once, especialmente entre las calles de mercerías, que son mis favoritas y me enseñaron a negociar. Liberen partes mías en la intersección entre Israel y Palestina, y en República Árabe Siria, pero por favor no dejen nada en Estados Unidos.
Suelten un poco de mí sobre las bicisendas, el Mercado de Bonpland, las librerías de Plaza Italia y el Planetario, porque es hermoso.
Que las chicas decidan si van a tirarme en las canchitas de fútbol de Salguero o en la pista de The Roxy, y que pasen por la UBA y avisen que no voy a entregar la tesis.
Guarden unas buenas migas para soplarme sobre Plaza de Mayo, porque no creo que haya otro lugar en la ciudad que me emocione y me inspire tanto…
Llévenme a la excursión del Bus Amarillo, que nunca lo hice y siempre tuve ganas.
Pasenme por Libertador, por Libertad, por Independencia,
Y suelten lo último de mí en Ciudad de la Paz.

Ritmo

La alarma de Martín me parecía un poco agresiva para la mañana. Ese día la apagó tres veces antes de salir de la cama porque le insistí para que se quedara un rato más. No éramos fans del mañanero pero cogimos hermoso. Cuando salió de la ducha le hice soplar las velitas en una tostada. Nos despedimos con un beso profundo sabor manteca y dulce de leche, y esa fue la última vez que nos vimos. Martín murió el día de su cumpleaños. 

Con Martín siempre tuvimos nuestras sincronías. Nos conocimos en el Jumbo el domingo que a todo Buenos Aires se le cortó la luz. Yo cargaba una caja de botellas de vino para la fiesta de un amigo y él una planta enorme de Jazmín. No nos vimos hasta que nos chocamos, y nos tuvimos que ver. Enchastré el pasillo y le salpiqué la campera. Un empleado llegó para trapear, Martín me hizo un gesto de “todo bien” y cada uno siguió con su compra.

De chica soñaba tanto con ser detective que de grande me volví alta stalker. Si Martín no hubiese pagado con tarjeta de crédito yo nunca hubiera escuchado su nombre. Al toque lo busqué en Instagram. La cuenta estaba privada pero se leía “Soy Martín y te arreglo el jardín”. Me parecía tan boludo que me sacó una sonrisa y lo empecé a seguir.

“No me digas que sos la chica del súper”. Me reconoció aunque en la foto de perfil yo estaba con sombrero y más gorda. Chateando hasta las 3 de la mañana descubrimos que vivíamos a la vuelta y que los dos éramos habitués de Buitre, la mejor la cafetería de paso de Palermo. 

Martín llegó al encuentro con un regalo. “Es una Pafudia. Me gusta mucho porque da flores violetas, como la mancha que me dejaste en la campera”, me tiró esa y sentó al lado. Creo que no hay nada más seductor que una persona que te hace reír o huele bien. Martín era muy divertido, tenía un perfume riquísimo, una sensibilidad exquisita y además estaba bueno. Nos besamos profundo con sabor a café, y desde esa tarde no nos separamos.

Antes de conocer a Martín las plantas me daban paja. En un Amigo Invisible de la oficina me mandaron un cactus y me duró solo tres meses vivo. Pero era imposible no amar ver a Martín hundir sus manos en la tierra, acariciar las hojas y limpiarlas una por una con servilletas, hablarle a las plantas, tararearles una canción sin ritmo. Era imposible no amar a Martín. 

La única escapadita que hicimos juntos fue a Villa Tórtola, cuando le ofrecieron comprar un terreno para un proyecto de huertas y suculentas que hacía mucho venía soñando concretar. Ese día me llamó a las 11 de la mañana, me dijo que preparara un bolso para dos noches y a los 15 minutos me pasó a buscar. El viaje en ruta, los mates, todas las de Fito y Martín. 

La segunda noche nos fumamos un porro y nos fuimos a caminar por el bosque. Martín me contó que el único recuerdo que tenía con su papá era cuando de chiquito lo llevaba al campo a abrazar árboles. Me hizo elegir uno y apretarlo contra mi pecho. Sentí mi cuerpo vibrar suavemente por dentro, cosquillas en el corazón y profundas ganas de llorar. Sentí que mis miedos ya no estaban, que había un dolor que ya no cargaba. Sentí alegría, sentí alivio, sentí el amor más puro por la vida y por Martín. Sentí que lo tenía todo.

Riego las plantas muertas de Martín. Cada mañana hace cinco meses desde que Martín no está, salgo al balcón en pijama y les convido agua a sus macetas de tierra. Les hablo y les tarareo una canción sin ritmo. Nos hacemos compañía a la espera de que el tiempo pase y las estaciones se sucedan, deseando que algún día vuelva a florecer un jazmín en mi pecho.

Querido diario

A Posse lo amé como amábamos las nenas de los 90: “con todo el alma y para siempre”. 

Fue el primer chico que me gustó y el primero que me rompió el corazón. Tenía piel muy blanca, muchas pecas y corte Playmobil. Su pelo lacio y sedoso se veía colorado cuando le pegaba la luz blanca del aula.  

Posse se sentaba en la primera fila al medio con Lerman, el nerd, y yo en la primera fila a la derecha, al lado de Posse, con Martina, que gustaba de Lerman. 

Nunca fui buena alumna. El colegio era muy estricto y yo muy fantasiosa. Me costaba concentrarme y estar sentada mucho tiempo en esos bancos de madera del 1800, que venían enganchados mesada-asiento-mesada-asiento-mesada-asiento para que no nos pudiéramos mover y nos costara salir. Me copiaba bastante y Posse me ayudaba siempre. No estudiar era una buena excusa para hablarle durante las pruebas.

En los 90 hacía mucho frío. El colegio era enorme y abierto, y mi uniforme, un jumper gris. Posse me prestaba su buzo con olor a Posse para taparme las piernas. En los recreos entrábamos en calor jugando a la vela, el cigarrillo 43, la soga, el elástico y a todo tipo de mancha. Una vez Posse me regaló un Nussini y yo guardé el envoltorio como si fuese una carta de amor. 

El 7 de noviembre de 1996, según registros de mi diario íntimo, Trota festejó su cumpleaños número 11 con un baile en el jardín de su casa. “Espero bailar mi primer lento con Posse. Me compré una mini y seguro mato”, escribí, con un autoestima que que no duró mucho años.

Nuestros bailes tenían un momento muy Animal Planet. Después de varias tandas de Chayanne, Aqua, los Backstreet o las Spice, en las que los chicos copiaban de frente las coreos de las chicas, las luces cambiaban de color, el clima se enrrarecía y nosotras nos amontonábamos en un rincón a la espera de que algún galán realizara el cortejo que nos invitara a la pista.  

Una voz me susurró por detrás si quería bailar. Reconocí a Posse, se me aceleró el corazón y cuando me quise dar vuelta revoleando un poco el pelo, me atraganté con un mechón. Ser torpe cuando me gusta alguien es una cualidad que ya se me empezaba a notar. 

Con la cabeza llegué a decir que sí. Nos tomamos de los hombros y nos balanceamos espásticamente de un costado a otro sin mirarnos. Nada tenía de Experiencia Religiosa el encuentro, pero la canción de Enrique nos unió por tres minutos. Según mi diario, fue “uno de los momentos más felices de mi vida”.

Lo que más me gustaba del colegio era la comida que servían en el comedor. El menú variaba entre las mejores milanesas con puré del mundo mundial, strogonoff de carne o pollo, sopa de letras, mousse de chocolate y baguette recién salida del horno. Almorzábamos de 12.15 a 1 y salíamos del enorme salón con más ganas de dormir que de tener 4 horas de clase en inglés.

Posse no era del equipo Comedor, lo mandaban con una vianda Colemann verde, que llamaba mucho mi atención porque todos la tenían en rojo o azul.  Un mediodía salí al recreo y vi un revuelo de profesores y alumnos rodeando el viandero, la pequeña despensa que le habían destinado a los chicos que traían su propia comida. Escuché que Gaby, la profesora de gimnasia, le decía a una de las maestras que “las cosas se habían ido de las manos” y que el viandero parecía “un burdel”.  Busqué “burdel” en el Diccionario de Lengua Española que compartíamos con Martina y así me enteré del escándalo: Posse era uno de los amonestados con Trota, Lambert y Carnalli por haber transado en el viandero con una de las chicas de quinto grado durante el horario de almuerzo. 

Quedé atónita – palabra que también tuve que buscar en el diccionario- y entré a la clase de inglés totalmente heartbroken. Había estado practicando transas contra una máscara decorativa que colgaba de una de las paredes del living de casa, soñando en que algún día esa máscara sea volviera Posse, y ahora sentía mucha tristeza y vergüenza. ¿Qué significaban el Nussini, el lento y el habernos acariciado las manos en el cine cuando fuimos todos juntos a ver Space Jam? 

Los 35 minutos en micro del colegio a casa se hicieron eternos y devastadores. “It must have been love, but it’s over now” sonaba en mi walkman mientras lágrimas resbalaban por mi rostro rosado, regordete y suavecito, y pegaban sobre las hojas del diario en el que escribí esta historia.

FEROZA

A la abuela la cremaron para no tener que pagarle un cementerio. Nos reunimos en su departamento para recibir las cenizas y dejar todo en condiciones para entregárselo a los nuevos dueños. No hay mucho para hacer. La abuela vendió sus mejores ropas, los muebles, la colección de joyas y la vajilla de porcelana unos meses antes de morir, para asegurarse de que no nos quedáramos con nada. Entonces a la abuela la cremaron para que nada de ella quedara en este mundo.

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DC-9-32

Son las 6 de la mañana del sábado 11 de octubre de 1997.
La nena se despierta con gritos o llanto, no sabe.
Camina hasta al cuarto de sus papás y encuentra a su mamá y a su tía en estado de conmoción.
Un avión de Austral se cayó en Fray Bentos, Uruguay, con 74 personas adentro.
Jorge volaba desde Posadas pero no llegó a su casa.
La nena tiene 12 pero entiende.

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Arder sin permiso

Una malla entera flúo
un flequillo que parecía estar cortado con los dientes
un tema que ese verano no hizo pausa en mi cabeza:
“Me tiraste el pingüino, me tiraste el sifón y estallaron los vidrios de mi corazón”.
La inocente ternura de creer todavía que el pingüino era un pingüino.

Bailoteaba sola por una orilla desértica de gente
hasta que me detuve al encuentro de una aguaviva
gigante, gelatinosa,
hermosa.

Con palitos de helado armé un sistema
para levantarla y devolverla a donde pertenecía –
“con su familia” –
y emprendí la misión.

Caminé hacia el agua en apnea
con una concentración que jamás llevé al colegio,
hasta que uno de mis dedos resbaló
y rozó levemente los violáceos tentáculos.

Sentí arder mi pulgar
y cómo el calor se expandía por toda la mano.
Un pésimo acto reflejo
me impulsó a guardar el puño bajo la axila,
que se quemó también.
Lloré de dolor, de miedo, de bronca,
desde la orilla hasta el hospital.

Ese verano no pude volver a la playa,
mucho menos fundar mi propio Greenpeace.

Con los años, más heridas
y un corte de pelo copado
comprendí lo que a los 6 no logré asumir.

No podemos salvar a quien no nos lo pide
ni hacer que nos necesite porque nosotros sí.

Farenheit o el aroma del tiempo

Me mira con cara de culo.
Se ve que le molesta que le toque la mercadería,
pero me da placer elegir mis propias frutillas.
Busco las más rojas, las duras, las perfectas.
Cierro los ojos, las huelo.
Él puede darme otras frutas o verduras,
pero a las frutillas y a los tomates cherry,
necesito elegirlos yo.
Sobre tocs no hay nada escrito.

Salgo con merienda en mano.
El tipito blanco me da el OK para cruzar la calle.
En el medio de la avenida
se produce el choque:
su aroma me lleva puesta.
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